Hierba marchita

 

 

La alegría de tu llamada

a medio camino se apagó.

Me la robaste con la mirada

y te fuiste con el viento.

 

i

 

 

Eres como las monedas,

depende cómo te caes:

por un lado, das la cara;

y por el otro, das la cruz.

 

i

 

 

No son tuyas esas palabras,

ese sentir a flor de verso.

Esa vida hecha poema triste,

esa vida no es tuya;

es clon de tu sentir,

llamando a la puerta

que no quieres abrir.

 

i

 

 

Amanso un corazón

y se alza una piedra.

Le soplo aire de mis pulmones

y no se ablanda.

Rueda por la oscura pendiente

arrastrándome,

arrancándome la estrella

que tú, me regalaste.

 

i

 

 

Y sigo sentada

al borde del abismo,

trenzando mi esperanza

con el fuego helado de tu recuerdo.

 

i

 

 

¿Tanto te desagrada

lo que no te agrada

que se me hiela la sangre

al mirarme en tus ojos!

 

i

 

 

¡Qué difícil es

comprenderse!

Queremos independencia,

queremos libertad;

y por un beso al día,

daríamos la vida.

 

i

 

 

Jugábamos,

y para jugar a no verte,

tengo miedo de no volver a verte.

 

i

 

 

El tiempo pasa

demasiado pronto;

el abismo se hace demasiado hondo.

Me hundiría en tus brazos si pudiera,

si tu mente no fuera lo que me hunde a mí.

 

i

 

 

Mi corazón estaba contigo.

Viniste y te lo di.

“No lo quiero, me contestaste,

lo acaricio y lo dejo donde estaba”.

Eso fue todo,

te fuiste…

pero mi corazón te siguió.

 

i

 

 

Estaba allí:

¡Te esperé tanto tiempo!

Luego me vine

para estar contigo.

La puerta permaneció cerrada

año tras año;

se quebró mi voz

de tanto llamar.

Y ahora,

cuando el invierno se anuncia más frío,

te vas allí,

y me dejas helada.

 

i

 

¿Qué duro es despertar

de un sueño tan hermoso!

¡Qué duro es aceptar

la jornada tenebrosa!

 

i

 

Pido palabras

a una estrella que permanece callada.

Pido calor

a una estrella que se queda helada.

¡No te mueras de frío!

¡No te mueras de pena!

Acepta mi alegría,

mis labios sobre tus labios,

mis manos sobre tu piel.

Deja que tu deseo se llene del mío.

Dale remanso a tu rebeldía

donde mi alma acune tu alma.

Bríndale un nido a la armonía,

donde el sol entre y le sonría;

donde esté caliente, y no se enfríe.

 

i

 

Vela mía tan querida,

no quiero que te apagues.

Ya sé que el viento sopla fuerte

y que la lluvia no para.

Estás mojada, tan mojada, vela mía.

El fuego es tibio y no te calienta.

¡Abrígate con el calor de mi pecho!

¡Por favor, no te mueras,

no sabría caminar sin tu luz!

 

i

 

¿Por qué oscura razón

tengo miedo de perderte,

si nunca te he tenido

realmente.

¿Por qué oscura razón

tengo tanta sed de verte,

si tu ausencia dura

eternamente?

 

i

 

El mundo te dice

¡AMA!,

pero no te amará.

El mundo te dice:

¡COME!,

pero te envenenará.

El mundo te dice:

¡BEBE!

pero el agua te quitará.

Y tú tienes que amar,

tienes que comer,

tienes que beber…

Porque si no lo haces,

el mundo perecerá.

Y el mundo, tú lo sabes,

el mundo, eres tú.

 

i

 

Del calor

sólo se vislumbra

la hierba que no se deja tocar,

no acaricio el lirio caliente

ni me libero de las razones oscuras

que se incrustan hasta el fondo de mi tiempo.

 

i

 

Cómo puedo olvidarte

si mi mano aprieta tu recuerdo

cuando abro la puerta?

¿Cómo puede brillar tanto,

tener tanta luz,

algo que sólo sabe gritar

que no quiere estar?

 

i

 

Por los caminos lo encontrarás

andando sin rumbo,

bebiendo los besos de los labios del viento,

lamiendo el sudor de su dolor;

olvidando la caricia de la hierba que espera.

 

Cada gesto, esbozo que no llega,

hálito de fuego que no prende,

amor que va a la deriva

uniendo recuerdos,

recordando heridas;

inmenso deseo que no se plasma,

tierra de olvido que no olvida.

 

Inmerso lo encontrarás

en la lágrima de un verso,

tallando un diamante

con ternura abandonada.

 

i

 

Decir que soy tuya

no sería lo justo,

ni siquiera soy mía,

soy fruto de VIDA.

Pero soy tu amiga,

y soy tu amante

a pesar del “a Dios”.

¿Cómo puedes decir que no tienes nada

cuando me tienes tan abandonada?

¿Cómo puedes decir que tuyo no hay nada,

cuando desesperadamente sabes

que tuyo es lo mío,

y tuyo el calor que me está faltando.

 

 

Mariette Cirerol